Ana María Morales

Coordinadora de proyectos ONG Canales

Miles de personas rindieron la Prueba de Selección Universitaria (PSU) para postular a algunas de las 41 universidades adscritas al Sistema Único de Admisión y, a largo plazo, desarrollarse personal y profesionalmente.

El Informe Final Evaluación de la PSU de Pearson publicado (2013), sugirió mejorar con urgencia la construcción, aplicación y análisis de la prueba. Entre varios aspectos mejorables, se identificó que evidencia Funcionamiento Diferencial de Pruebas (FDP).

Este análisis estadístico identifica diferencias de puntaje entre dos grupos de estudiantes, permitiendo saber si es que éstas favorecen a un grupo por sobre otro. En el caso de la PSU, significa que existe una brecha de acuerdo con el tipo de establecimiento y nivel socioeconómico (NSE); vale decir, estaría mostrando de qué NSE y modalidad de enseñanza provienen quiénes rindieron esta prueba, perjudicando seriamente a estudiantes de Enseñanza Técnica Profesional (ETP). Ellos presentan resultados inferiores pues no se les mide su capacidad de aprendizaje sino de dónde provienen.

Sumado a lo anterior, estudiantes de ETP se forman exitosamente en una especialidad y no se centran en aprendizajes esperados de la EMHC. Tampoco tienen fácil acceso a programas de entrenamiento para rendir esta prueba. Además, sabido es que en varios establecimientos educacionales se desincentiva su rendición. Esto también contribuye a puntajes inferiores y dificulta optar por las casas de estudio más prestigiosas.

La PSU, a pesar de requerir mejoras con urgencia, está siendo utilizada para definir las trayectorias formativas de los estudiantes y el acceso a beneficios. También está colaborando con la mantención del círculo vicioso de la inequidad. Todos los estudiantes chilenos están siendo medidos con la misma vara, a pesar de participar de diferentes experiencias formativas.

La ETP es y será exitosa en la medida que sea una real elección vocacional y desarrolle las competencias necesarias para que los estudiantes se inserten satisfactoriamente en el mundo laboral. Pero también lo será, si entrega oportunidades a aquellos que deseen continuar en la Educación Superior, ya sea porque desarrollaron una vocación distinta a la de su especialidad, o porque deseen estudiar alguna carrera relacionada con la especialidad estudiada. Pero para que ello ocurra con equidad, necesitamos un instrumento que realmente mida “capacidad de aprendizaje” y no “oportunidades de aprendizaje”.